En la mañana despierta el sol, un crujido suave, un bello farol. El
croissant dorado, con amor horneado, su aroma en la cocina, un sueño
encantado. Crujiente su piel, como hojarasca, bajo mis dedos, la magia
se rasca. Un manjar celestial que con café caliente abraza, la vida se
adorna con susurros. Cada mordisco, un viaje sutil, en un mar de sabor,
un placer febril. Las migas caen, risas en el aire, un momento feliz, un
deleite a raudales. Oh, croissant crujiente, mi dulce pecado, en cada
desayuno, mi amor renovado.